Derecho de admisión

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Por Francisco J. Pérez Camacho, vicepresidente de Solidaridad Don Bosco

Muy pocos son los establecimientos públicos que en la actualidad exponen el tan consabido: “se reserva el derecho de admisión”. Aunque es un derecho que todos conocemos, aún figura en algunos bares y establecimientos comerciales como modo de zafarse a altas horas de la madrugada de aquellos que se han abandonado en brazos de Dionisio y molestan, con buenas intenciones, a aquellos que aún conservan la sobria cordura. No está mal, en ciertos casos, reservarse este derecho cuando la intención de molestar es la primera en algunos sujetos, y salvaguardar así la tranquilidad de los prudentes.

El derecho español considera que el derecho de admisión es la facultad que tienen los dueños de los establecimientos públicos y los organizadores de espectáculos y de actividades recreativas de determinar las condiciones de acceso al recinto dentro de unos límites. Según marca la Constitución española en el artículo 14 debe existir respeto a la dignidad de las personas y a sus derechos fundamentales. Todo el mundo es igual ante la ley, sin que pueda prevalecer ninguna discriminación.

Por esa razón, de partida, no se puede negar a nadie la entrada a los locales públicos. Las condiciones tienen que ser objetivas, no arbitrarias o improcedentes. Las condiciones deben ser públicas y cumplir los siguientes requisitos.

Está claro que sólo se puede ejercer este derecho con aquellas personas que manifiesten actitudes violentas o agresivas, que porten armas u objetos que puedan ser usados como tales, que lleven ropas o símbolos que inciten a la violencia, al racismo o a la xenofobia, o que muestren síntomas de haber consumido sustancias prohibidas. Es posible, según la norma, expulsar a aquellas personas que dificulten el correcto desarrollo del espectáculo o actividad.

Guardando las distancias y las oportunas consideraciones, lo que está en juego en Europa no es muy diferente. Miles de personas suplican a  nuestro opulento mundo europeo acogida, simplemente acogida. Familias inocentes, cuyo único delito ha sido nacer en un país donde las condiciones para poder vivir en paz van siendo cada vez más difíciles, por la guerra y por condiciones inhumanas. Los pueblos europeos cierran, una vez más, sus entrañas a nuestros semejantes, esta vez de una manera física e indignante.

Mirando cara a cara a familias enteras con sus hijos y ancianos, no podemos dejar de conmovernos ante la súplica de entrar en nuestra casa, que no es nuestra sino de todos los seres humanos. No podemos negar a nadie de forma arbitraria e improcedente el acceso al territorio europeo, del que no tenemos la propiedad absoluta. Cuantas dificultades ponemos cuando vemos amenazada nuestra comodidad y estabilidad burguesa. Hacer de los problemas y sufrimientos ajenos, nuestros problemas, esto es lo que nos hace más humanos. La indiferencia fría nos deshumaniza y nos despersonaliza.

Dar acogida y alojar a los que han perdido su casa, a causa de los bombardeos y de las amenazas, es una de las traducciones de la misericordia. Al final de nuestra trayectoria por esa vida escucharemos: “Cada vez que no acogisteis a uno de estos refugiados a mí me rechazasteis”.

Como ciudadanos podemos exigir a través de los medios la acogida incondicional de nuestros hermanos. Los responsables tendrán que estudiar el modo y la manera de garantizar los derechos humanos en estas situaciones tan dolorosas, ¿o es que los derechos humanos pueden ser olvidados para volver a repetir barbaries pasadas? No hay peor delito que olvidar que antes que ellos fuimos nosotros también refugiados, emigrantes y otros pueblos nos acogieron incondicionalmente.  Qué verdad es esa que afirma que nadie se puede poner en la piel de otros si no han pasado antes por las mismas situaciones.

En este asunto, no sólo están las decisiones en manos de los políticos europeos. Cada uno de nosotros puede ejercer la acogida y el trato humano de aquellos que llaman a las puertas de nuestra Europa, de nuestro país y de nuestra casa. La decisión es clara, o abrimos o les damos con la puerta en las narices. En cualquier rincón de nuestra geografía se nos ofrecen multitud de posibilidades de acoger sin condiciones y sin preguntas. Es más, no basta con dejar pasar, hay que acoger de corazón. No basta con abrir las puertas, tienen que sentirse en su casa. La acogida es uno de los valores más arraigados en nuestra cultura mediterránea y en estos momentos se está poniendo en peligro.

En un estado de derecho como el nuestro necesitamos establecer con claridad un valor esencial que debe existir en cualquier sociedad democrática que tenga unas mínimas pretensiones de serlo de verdad: la igualdad de trato y el fortalecimiento de los derechos fundamentales. Y en esto, nos tendremos que emplear con fuerza y ahínco los que tenemos la responsabilidad social de transformar a la ciudadanía desde la educación.